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das Mystische 2.1

Ida y vuelta

La piedra informativa no deja lugar a dudas: verdaderamente estamos en el Punto Mágico, llegar hasta aquí ha merecido la pena. El bosque de pinos, arqueados en danza plástica, guarda nuestras espaldas. La arena, proyectada por el viento, araña con fuerza nuestra piel; estamos seguros de no habernos equivocado. Todo parece confirmar el dicho castizo del actor Antonio Gamero: Como fuera de casa no se está en ningún lao. Contemplamos el mismo escenario que hace 3000 años contemplaron los fenicios, el lugar elegido para la construcción de su famoso templo a Melkart. El atardecer es el mismo que pudieron observar Aníbal y Julio Cesar; al parecer, durante los equinoccios de primavera y otoño, el candente disco solar se situaba justo sobre la vertical del Santuario de Hércules; más tarde, se apagaba en las aguas del atlántico con estruendosos chirridos. A mi lado, escondido en un aparato metálico de forma circular, Dieguito describe su ADN flamenco: me explica que vino de una estrella y hacia una estrella va y la cosa no deja de tener su gracia. Yo le escucho atentamente con un ejemplar de Tusitala bajo el brazo; después, a pesar de las distancias estelares, quedamos para tomar unas huevas aliñadas en la Peña de Emilio Oliva. Todo esto sucede ahora, aquí mismo, delante de la pantalla, en un maravilloso viaje de ida y vuelta. Lo guarda la memoria reciente y el color artificial de las fotografías. Regreso a la playa de Zahara, al chiringuito playero donde retrato a un gitanillo entre dos imágenes casi religiosas. Las dos imágenes reflejan el rostro inanimado de un santo popular; el muchacho, moreno y desgreñado, es mi hijo. Lo mejor de todo, no obstante, es que, en un abrir y cerrar de ojos, estoy de nuevo en casa. Necesito saber que he regresado, que ahora voy a contarlo. Aunque pudiera parecer lo contrario no hay contradicción entre las dos apuestas. Si Borges afirmaba que las vísperas también pertenecen al viaje, yo puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que el destino prefijado del viaje no es otro que el regreso. Lo explica a la perfección Fernando Savater en un ejercicio de filósofo aventurero: Se viaja hacia lo que sea, al capricho, a lo superfluo: se vuelve a lo imprescindible. Por lo común, todo viaje es de ida y vuelta, pero al autentico viajero lo que debe gustarle es la ida, aunque haya luego que volver; en cambio a mí lo que me gusta es el regreso, aunque para disfrutarlo haya que partir antes. ¿Viajero yo? No, sólo "regresador". Verdaderamente estamos en el Punto Mágico: llegar hasta aquí ha merecido la pena.

Apuntes

Apuntes

Egon Schiele, Baeumchen.

En el cuaderno de notas, es decir, aquí mismo, dos visitas obligadas a los arrabales del diccionario:

Intuición: Percepción clara e inmediata de una idea o situación, sin necesidad de razonamiento lógico.

Concepto: Idea, representación mental de una realidad, un objeto o algo similar.

Atando cabos sueltos como en esos enigmas matemáticos que hacen las delicias de itn.

Vengo de visitar algo lejano que resulta necesario como autentico potenciador de vida.

Si quieren, pueden hacer la prueba; por ejemplo: piensen en la suya, en su propia vida; procuren parar un momento.

¿Alguien es capaz de ver lo visto todos los días con otros ojos?

Es como un juego divertido, eléctrico, pero puede resultar determinante.

¿Alguien quiere jugar ahora a un juego diferente?

Bueno, también es posible seguir con lo teorético, vistiendo a lo que llega desnudo, desposeyendo de vida incluso; ustedes mismos eligen, tienen esa capacidad. Al fin y al cabo, si no consiguen asimilar las reglas y las descargas eléctricas, siempre pueden cambiar de juego.

En todas partes es propio de la mística volver a transformar el concepto en intuición, escribió Wilhelm Wundt (1832-1920), profesor de medicina y psicología de la Universidad alemana de Leipzig.

La mística es la explosión que antepone la intuición al concepto.

La pesadilla me hizo hablar numerosas tonterías, incluso verdaderas, casi al final de la noche; esto supone, aunque me cueste reconocerlo, una autentica novedad con respecto a las últimas novedades.

Últimamente no hablaba nada, ni dormido ni despierto, ocupado como estaba en resolver la realidad y sus múltiples interpretaciones.

La mayoría de las calles de la Red están tan vacías como las calles de mi ciudad.

En el trabajo, además, me he quedado solo: vacaciones, sí, pero también inesperadas renuncias.

Tengo la mente puesta en otro sitio, muy alejado de aquí, distinto, aunque apenas hay prueba de ello.

La verdad, sí, pero sigo investigando.

Ya sé que puede parecer ridículo, pero no conviene olvidarlo: en algo tengo que matar el tiempo.

En otras palabras: tengo que elegir un juego.

FUNDAMENTO:

Cerrado por vacaciones

Me tomo unos días de vacaciones: estaré alejado del blog durante el mes de Agosto, cargando las pilas. Bueno, tampoco es para tanto; además, así, los que pasen por aquí, evitarán la lectura de ciertas tonterías. Conozco numerosos artesanos de la palabra, pero pocos, poquísimos, poetas. Así que, ya lo saben: revisen su colección de poéticas; media botella vacía aparece donde antes no había nada. La verdad, sí, pero sigo investigando. Nos vemos en septiembre.

La carga

Jana Sterbak, Sisyphe, 1998.

Aquí Sísifo, como todos los días, como siempre desde que el mundo es mundo para los humanos; pero de esto ya hemos hablado bastante, forma parte elemental y constituyente de nuestra historia, de nuestra propia vida; es lo habitual, una manera más, entre otras muchas, de contarlo. En el fondo, es la imagen diferida de todos nosotros, la narración conocida de una montaña cierta. La repetición de una idea se transforma a menudo en la repetición de una obsesión, en un misterio desconocido, y Sísifo, en la espesura, se nos presenta como un personaje misterioso y obsesivo. En cambio, las investigaciones científicas tienden a acorralar su misterio mostrándonos a la vez la desnudez precisa de su forma, la composición y el funcionamiento de su máquina, el interior descarnado de su contenido; a pesar de ello (o quizás por ello mismo: porque, al parecer, carece de fantasma) a Sísifo le sigue pesando la esfera con la misma intensidad que el primer día; la esfera de Sísifo, a fin de cuentas, sigue siendo única y la misma. El Sísifo de Jana Sterbak, además, como todos los Sísifos del mundo, a pesar de saberse insuficiente y condenado, prosigue laborioso con su tarea; carece de alma o de espíritu (al menos, esto es lo que afirmaría la ciencia al ver las espaldas de Sísifo) y transporta su trofeo, dependiendo del punto de vista del observador o de la perspectiva de la mirada, con orgullo o de forma mecánica. A pesar de todo, en todo momento, sigue siendo nuestro gran amigo Sísifo. Y es que la repetición de una idea, después de muchas vueltas, se transforma inevitablemente en la repetición de un interrogante obsesivo. ¿Qué hace Sísifo? ¿Quién es Sísifo? ¿Cómo es Sísifo? Para entender a Sísifo, allí donde la materia espejea, algunos escribirán poemas sobre dorados hombros de humanos perseguidos; otros, en cambio, preferirán escribir su historia natural, la secuencia completa y definitiva de su ADN. Porque Sísifo, entre piedra y piedra, entre esfera y esfera, es a la vez observador privilegiado y observado; y a pesar de las herramientas elegidas para su relato o para su comprensión, no ha variado nunca de método, sigue siendo Sísifo en la eterna consumación de su destino. Curiosamente, aunque entendemos que el Sisyphe de Jana Sterbak trata del propio Sísifo, el protagonista de la obra de arte, en este caso, no es el porteador de la esfera sino la esfera misma, la piedra material o mistérica con la que Sísifo entretiene sus horas. En la imagen de Sterbak, el material humano nos da la espalda porque, en el fondo, no pretende revelar nada que nosotros desconozcamos: nosotros mismos somos Sísifo a diario, en cada momento de nuestras vidas. ¿Quién necesitaría entonces verse reflejado como Sísifo? En cambio, recordar la esfera es nuestra obligación humana, inevitable y necesaria. Y de la carga humana a fin de cuentas es de lo que siempre trata el arte verdadero, de las múltiples cargas, esferas o piedras que soportamos a cada instante los humanos. Eso sí, la ciencia nos explicará también qué minerales componen la densidad de la carga, cómo funciona nuestra mente en contacto con la esfera, cómo aliviar nuestro dolor cuando la piedra golpea nuestro tejido. Pero, entre tanto, la carga continuará su antiguo cometido y Sterbak aprovechará para mostrarla detenida, en el centro de una imagen. La imagen no nos desvelará el profundo por qué de la carga porque, a pesar del arte y a pesar de la ciencia, a pesar de las herramientas elegidas para su relato o para su comprensión, la carga, en sí misma, no posee ningún significado: más bien carece de sentido.

Stock

Desde primera hora de la mañana en el Departamento de Recursos Humanos. La comprensión solidaria de que las cosas bien podrían ser de manera diferente pero que, en el fondo, al menos de momento, ellos también lo necesitan. Entrevistas precipitadas con los nuevos aspirantes a materias primas. El término en sí, "recursos humanos", nos habla de lo asumido que tenemos el concepto de explotación de nuestro entorno, incluida la naturaleza (si, en definitiva, soy capaz de demostrar o de aceptar su existencia). Este pensamiento (enfrentarse a ello, ser consciente de ello) resulta cada vez más infrecuente y acabará desapareciendo del todo; éste es el estilo de nuestro tiempo. I Wanna Be Sedated, de Ramones, es una buena canción para incorporarse al uno mismo (das Man-selbst) sin miedo a accidentes emocionales, a inesperados efectos secundarios; resulta una terapia gratuita que alivia de pensamientos trascendentales y movimientos hostiles. En eso consiste, al fin y al cabo, la esencia de nuestro medio ambiente: todo está tan a mano que resulta imposible recordarse, imaginarse con sentido; todo nos teletransporta. Podemos descansar o trabajar útilmente al lado de la máquina (en eso consiste nuestra vida), podemos aprovecharlo todo, explotarlo todo; pero en el fondo necesitamos abandonar aunque sólo sea por un momento, descansar al lado del camino a pesar de las numerosas recomendaciones. Todo hace ruido precisamente para que no escuchemos y en cambio siempre necesitamos escucharnos. Yo mismo, mi sonido, mi propio ruido silencioso. Este pasar de largo que ahora se detiene. Esta indiferencia consciente.

FUNDAMENTO:

En realidad, leer filosofía es hacer filosofía o perder el tiempo, y sólo quien ha sentido el vértigo del abandono a la libertad del pensamiento puede aproximarse con provecho a la experiencia de un pensador y hacerla suya. Porque el pensador –aunque lo dude el hombre del sentido común- no hace sino relatar su viaje sin retorno al núcleo de la experiencia vivida.

Antonio Escohotado. De Physis a polis.

Estoy utilizando todas mis capacidades al máximo. ¿Qué otra cosa puede desear un ente racional?

HAL, el ordenador de 2001, Una odisea en el espacio. Es decir: el engranaje o la estructura: el "modo de pensar" de la tecnología.

El encuentro

La imagen que uno tiene de sí mismo sólo se ve confirmada ante el espejo que representa el encuentro con un desconocido; la medición oportuna de dos maneras distintas de entender el mundo (entre cientos de maneras diferentes de entender el mundo) es el examen esperado y definitivo que despeja ciertas dudas sobre la propia capacidad y la propia experiencia. Justo al lado de la obra arquitectónica (una joya para aquellos que comparten determinadas reglas, un simple click o la más absoluta de las indiferencias para el resto de los mortales), los mensajes y las presencias encuentran una justificación más allá de la utilidad de los juegos de lenguaje de la supervivencia. Todo es firme y sencillo, como una nave segura, todo encaja, y puede asegurarse que el exterior nunca ha sido tan confortable. En el cuento de nunca acabar, el protagonista, un trasunto de Ulises, Ion Tichi y Simbad el Marino, no se verá finalmente devorado por la fiera; en el momento oportuno guardará su daga intacta con el coraje de un lobo enamorado. Ha encontrado el por qué de tanta investigación desaforada, de tanto desvelo gratuito, y deposita los poemas en esa mano amiga que al fin le confirma, las palabras sobre el libro mojado de otros labios.

Outsider

Domingo 18, a las puertas del Museo: una serpiente humana se cuece poco a poco bajo un sol de justicia. La culpa, al parecer, dejando a un lado la gratuidad del pase y la afluencia masiva de turistas, la tiene Salvador Dalí: la exposición Dalí, Cultura de Masas, quiero decir, organizada con motivo del centenario del artista ampurdanés. La serpiente, menos multicolor que otras serpientes veraniegas, avanza con dificultad; pero el caso es que avanza. Hace una semana nos quedamos sin poder visitar la exposición a pesar de aguantar estoicamente más de una hora de espera; hoy parece que tendremos mejor suerte. Andamos y avanzamos a pasos cortos pero seguros, aunque al final todo se queda en un simple espejismo. A un par de metros escasos, la serpiente humana se detiene; más de treinta minutos sin explicación alguna. A mi espalda, un par de abuelos argentinos comienzan a desesperarse. Ella, mucho más decidida, acusa a las personas que se amontonan en los laterales de haberse saltado ilegalmente la serpiente: vamos, como se dice vulgarmente, de haberse "colado"; estamos tan sólo a un par de metros de la entrada. Finalmente, harta de la espera y de las aglomeraciones, solicita la presencia de un responsable del Museo: después de un charla algo alterada (la abuela argentina le comenta, no exenta de razón, que son muchas las personas que han salido ya del recinto sin que, en contrapartida, se reanude de nuevo el acceso) el citado responsable nos informa de que Dalí (la exposición, quiero decir) está completamente descartado: que hoy nos quedamos con las ganas; que hoy tampoco. Podemos visitar el resto del edificio, pero no queda tiempo material para permitir más visitas en la zona daliniana; nuestro gozo en un pozo. Cuando la serpiente comienza a atravesar la entrada principal, la abuela argentina se enzarza con una rubia de dos metros que hace oídos sordos a sus amenazas. A mí también me acusa de haberme colado (¡juro que no, que soy mucho más civilizado!), y cuando me encamino a depositar mi mochila en consigna se lía a voces acusando a todos los españoles allí presentes de mansos. Me habían llamado muchas cosas a lo largo de mi vida, pero nunca me habían llamado "manso". Además, no estoy completamente convencido de que las personas a las que alude se hayan colado verdaderamente. En ese justo momento, no sé por qué, me acuerdo del amigo Cayetano Lupeña y de sus llamadas metafóricas a la destrucción de los Museos. Qué pretende la abuela argentina, ¿que incendiemos el Reina Sofía?

En otro orden de cosas: lecturas suspendidas y lecturas alteradas. Cuando llego a un punto que parece estable no tardo en hundir las certidumbres, tan débiles, dando vida a nuevas y deliciosas torturas. La cita de Wittgenstein se vuelve entonces imprescindible: Quien enseña filosofía hoy, les da manjares a los otros, no porque les gusten, sino para cambiar su gusto. Sobre la mesa de noche, lectura de cabecera para líneas de insomnio. No obstante, el decorado del saber se estremece ante la llegada de nuevos impulsos. A veces, en contra de nuestra voluntad, nos vemos impelidos a tomar decisiones: no siempre podemos permanecer en stand by, esperando milagros. Por ello, Richard Rorty avisa de la posibilidad de error en que nos vemos siempre inmersos: Nadie puede ser un escéptico ni un relativista practicante. Para acelerar después al paso de los acontecimientos y quedar, como siempre, despeinado. En los ojos, legañas acústicas y gorriones bulliciosos como ondas. Parece que la música entra por la ventana en la profunda oscuridad del sueño. Es una música antigua, una mezcla de Pink Floid y de King Crimson que me lleva directo a la adolescencia. En verano, el cielo negro es como un beso y la luna me recuerda a Ray Bradbury. Ahora, al acabar estas líneas, me uno a la costa más cercana y a la perplejidad de la próxima cita. Son las cosas del verano.

El muro

El muro

En realidad, ¿qué diablos es un muro, cómo podemos explicarlo? ¿Qué se pretende realmente con su presencia amenazante? ¿De qué material humano está fabricado? Sí, éstas pueden ser preguntas muy estúpidas, no más estúpidas que otras preguntas similares que nos hacemos a veces cuando queremos evitar algo; pero tampoco es que con otras preguntas más apropiadas o por otros medios alternativos hayamos solucionado nada, ni encontrado ninguna respuesta científica (verbigracia: ¿cuál es finalmente la solución al problema?), ni que por otros caminos podamos llegar mucho más lejos; yo al menos. Intentarlo de otro modo, utilizando por ejemplo la definición estándar de verdad, la teoría de la correspondencia, comprobando que las declaraciones sean "probadas" por los "hechos", tampoco sirve ya de mucho. De acuerdo: el problema sigue donde siempre; un muro es un objeto real que separa personas, riquezas y sentimientos, y que al parecer se construye como posible sistema de persuasión, de prevención o de protección. Su construcción puede parecernos justificada (es cierto que ahora la muerte –uno de los rostros de la muerte- encontrará en su recorrido un sólido dique de contención), pero un muro no soluciona por completo un problema; es más: el muro, a partir del momento exacto de su construcción, es en sí mismo un nuevo problema. El 13 de agosto de 1961, los líderes de la antigua República Democrática Alemana ordenaron la construcción de una pared de 166 kilómetros de largo y 4 metros de altura para dividir en dos la ciudad de Berlín. Este muro separó amigos y familias, e incluso una nación entera, durante 28 años; y aún hoy, después de su caída, el reencuentro total de aquellos que fueron separados artificialmente no se ha logrado del todo. ¿Qué extraño artefacto decoró la ciudad de Berlín durante ese tiempo? ¿Cuándo dejarán de sentirse los efectos de una valla de exclusión tan eficaz como devastadora? Muros para todo y para todo el mundo, en todas las partes del planeta. De la India a Irlanda del Norte, pasando por Uzbekistán, Tailandia o Pakistán. ¿Todos los muros del mundo son así de necesarios?

La verdad, a estas alturas, parece ser también ésta: Israel no renuncia a construir el muro en Cisjordania a pesar de que el Tribunal Internacional de La Haya ha declarado ilegal la barrera de separación y ha exigido su urgente demolición. En otras palabras: las obras continúan y nos encontraremos obligatoriamente ante otro inevitable muro, ante la "verdad" incontestable del muro. ¿Es el momento entonces de seguir con las preguntas?

No obstante, desde Heidegger sabemos que todo objeto muestra una parte de su verdad, pero que asimismo el objeto mantiene posibilidades clausuradas, ocultas, revelándonos su ser de una forma determinada, pero manteniendo emboscadas al mismo tiempo todas las restantes formas posibles de su ser. Es la desocultación del ente (en este caso la visión descarnada del muro) la que paradójicamente produce esta ocultación; es el muro que se nos presenta ahora como una superficie desnuda, como un espejo cristalino donde se reflejan los miedos, las diferencias, los odios y las esperanzas, pero que bien podría, siguiendo a Heidegger, acabar mostrándose como otra cosa. Un muro, como ya nos enseñó el Muro de Berlín, puede ser también un lienzo de hierro y cemento donde artistas ocasionales se expresen con total libertad. Con el paso del tiempo, el Muro de Berlín se convirtió en una superficie significativa que contaba la historia de los habitantes de ese tiempo y relataba con minuciosidad sus sensaciones inmediatas, sus opiniones, sus necesidades más urgentes. Un tiempo dividido en dos mitades y con una visión del mundo también partida en dos; un tiempo que se abrió paso espectacularmente cuando los habitantes del lugar encontraron un hueco y decidieron proceder a la demolición del muro, en clara rebelión contra el signo de todos los tiempos. El Muro de Berlín cayó quizás porque un sistema político y económico estaba ya agonizando; pero también podemos creer que se vino abajo por el peso invisible del arte, y que su destino final fue esa constelación de pequeñas piedras de colores repartidas por el laberinto infinito, presentes en todas partes. La verdad de los hechos ya ha sido relatada y no admite comentarios; los hechos son como son (Sharon y Arafat son como son) y tienen su verdad inalterable. Pero si es cierto que el arte posee una verdad incontrolada, una verdad silvestre o de la competencia, éste es un momento más que propicio para ponerse en manos del arte y rescatar la verdad oculta que algunos tanto niegan.

El poeta palestino Mahmud Darwish escribió este poema:

Abraza a su asesino para lograr su clemencia: ¿te enfadarías mucho conmigo si sobreviviera? Hermano... hermano: ¿qué he hecho para que me asesines? Dos pájaros vuelan sobre nosotros, apunta hacia arriba. Dispara tu infierno lejos de mí... ven a la choza de mi madre para que te prepare las habas. ¿Qué dices? ¿Qué dices? ¿No soportas mi abrazo ni mi olor? ¿Estás cansado del miedo que me habita? Entonces arroja ese revolver al río. ¿Qué dices?... ¿Un enemigo en la ribera del río ha dirigido su metralleta hacia el abrazo? Entonces dispara contra el enemigo. Escaparemos juntos de sus balas y escaparás de tu delito. ¿Qué dices? ¿Me matarás para que el enemigo vuelva a su casa/nuestra casa y tu retornes al juego de la caverna? ¿Qué has hecho con el café de mi madre y de la tuya? ¿Qué crimen he cometido para que me asesines, hermano? No desataré la cuerda del abrazo. No te dejaré.

Esperemos que no tarden y que alguien escriba estas letras y otras en el muro. Que el muro se llene urgentemente con las imágenes de la verdad. Que la superficie desnuda nos muestre la otra verdad, la que tanto temen los poderosos. Que el muro, a fin de cuentas, se venga abajo.

La verdad

La verdad

Georges Braque, Harbour, 1908-1909 oil on canvas 92 x 73cm.

Si, como escribió Georges Braque en Pensées sur l’art, la verdad existe, y sólo se inventa la mentira, es de esperar que, con el mismo énfasis con que en otro tiempo acuñamos aquello tan castizo de "que inventen ellos", ahora dediquemos nuestros esfuerzos (o mejor dicho: dediquen todos sus esfuerzos aquellos que tienen determinadas responsabilidades en el tema) al esclarecimiento de la única verdad temporal y verdadera (es decir: verdadera en relación a nuestra experiencia íntima y como cercanía mediática), de la verdad familiar, de la verdad doméstica. No sé si esto será posible (o bien: dudo mucho que esto sea posible), pero ello no evita que a veces piense que lo imposible, como sucede en este caso, es casi siempre lo más necesario. La verdad, desnuda o al desnudo, justificaría y aliviaría docenas de gestos impredecibles, de miedos injustificables, de ausencias imperdonables; además, nos enfrentaría de manera precisa con nuestro inminente futuro. No ser conscientes de ello (repito: aquellos que tienen responsabilidades determinantes en el tema), revelaría el nivel de insensibilidad que asoma inoportuno cuando se enfrentan, inmovilizados y hundidos hasta las rodillas, extraños y espurios intereses: esa es, al menos, aun a riesgo de equivocarnos (que no nos equivocamos) la amarga sensación que algunos soportamos. Otra cosa bien distinta es el método más conveniente a seguir (la verdad: desnuda o al desnudo) para desvelar lo velado y alcanzar con éxito el puerto de destino. La verdad, en este momento concreto de las investigaciones (de la investigación y de mi investigación) descansa en ese lugar que dejó reflejado escéptico el filósofo: ese lugar donde da la impresión de que nunca se puede decir nada verdadero, sea lo que sea siempre, porque la verdad y el significado de las cosas obedecen a reglas establecidas. Aunque las consideraciones previas pueden verse alteradas en los próximos días mediante un cambio puntual y propicio o mediante una iluminación o un desenlace inesperado; si bien es cierto que se desconoce la influencia que el método tendría entonces (o no tendría) en dicho proceso. Para la ciudadanía, no obstante, necesitada a menudo de gestos urgentes y verdaderos, esta cuestión (es decir: el método) se presenta, al menos por ahora, completamente intrascendente.

FUNDAMENTO:

Creo que hablamos de la verdad desnuda (naked) pero no de la verdad al desnudo (nude) en buena medida porque miramos la verdad como algo que hay que descubrir. La desnudez (nakedness) implica cubrimiento, de ahí que connote la condición de haber sido dejado en cueros, visto como se es sin la retórica protectora de las prendas de vestir, expuesto a la vista de mirones que quizá no tienen derecho a ver. "Verdad desnuda" sería algo redundante en Grecia, donde la palabra para verdad era "aletheia", que significa "desoculto" o "revelado" (de "velum" o "velo"). La palabra griega transmite una imagen de verdad como algo no manifiesto al ojo hasta que se hace manifiesto y, por ello, de quien busca la verdad como el que desnuda las (meras) apariencias. En contraste, la verdad al desnudo sería la verdad que se afirma a sí misma, impaciente y desdeñosa con los cubrimientos, sin que le importe la condena de quien la ve, orgullosa de sí misma, e implicaría una imagen completamente diferente de la que la "aletheia" dibuja espontáneamente: la verdad, si estuviera desnuda, te miraría a la cara.

Arthur C. Danto. Ensayos en un mundo del arte plural.

Un respiro

Un respiro

Malevich, Blanco sobre blanco.

El juego visual va perdiendo intensidad a medida que la distancia mengua. A pesar de ello, lo que guarda en su interior apenas si merece la pena: no llega a interesarnos demasiado. Aunque su piel, en cambio, justifica toda la violencia injustificable de la mañana, toda su malicia.

Después, cuando dejamos a un lado el camino, escribimos cosas como éstas:

He visto noticias como puntos magnéticos, árboles dispuestos a la vida sin necesidad de palabras.

El verde era tan intenso que permanecía mudo, jugando con la luz, acariciando el aire.

Como si algunas cosas tuvieran en sí mismas propiedades curativas, una savia exterior o una evidencia.

Como si este vivir a su lado, intentando comprender, significara mucho más de lo que nunca imaginamos.

FUNDAMENTO:

En arte es difícil decir algo que sea tan bueno como no decir nada.

Ludwig Wittgenstein.

Por cierto, voy a tomarme un respiro.

LA CONFERENCIA

LA CONFERENCIA

-Marco, ¿puedes acercarme la aguja?

-¿Una aguja nueva, descerebrado?

-Sí, una aguja nueva. La última que utilicé ya está oxidada.

En el fondo, algo se mueve: un insecto amarillo en una telaraña virtual, una interferencia caótica en el centro de la pantalla. La soledad compartida –capitani coraggiosi- invita sin duda al movimiento. El asesino –dicen- siempre está solo. Aunque inicie la conversación y rompa con ello el silencio; aunque construya, con el enjambre de sus palabras, la tabla de salvación donde conviven miles de sonidos intrascendentes.

Milán, 30 de junio de 2056. Un sabio y un asesino, intercambiables, compartiendo ambición y despacho. Conferencia: "Epistemología de la Metodología Estructural: Historia de Vida e Historia". Departamento de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras. Mañana mismo. Bajo su brazo derecho, una mesa de trabajo despejada, limpia como una virgen. A la izquierda, una aguja resplandeciente: una máquina de eliminar las dudas y asegurar el triunfo. No hace falta mucho para hacerse a la idea. Lo más original es también un libro o una estantería vacía. Todo se reduce a una ecuación de sombras. Un estafador colgado y un drogadicto. Cuatro litros de aliento sónico. Plumas para los reflejos y química en extracto para viajes cortos.

-Cuando me invitaron no sabían muy bien qué estaban convocando. No sé por qué acepté esta conferencia. Me gano la vida como puedo, pero esto excede mis conocimientos.

-Para eso tienes la máquina, idiota, es muy sencillo. La información líquida. Las antiguas autopistas de la información en apenas unas gotas: una aguja, y te mueres de gusto. Toda la Enciclopedia Británica en apenas unos segundos. Que uno no sabe nada de epistemología o de jerga posmoderna… ¡Otra aguja y solucionado! Maravilla de cables de colores. Maravilla de mercado negro y nuevas tecnologías. Una pantalla, una jeringuilla conectada al Uno primordial, al universo mágico, y el viaje está garantizado. Borges hubiera disfrutado como un niño. Información y transacción, a fin de cuentas. Y ¿cuánto dices que te pagarán por esto?

Milán, 30 de junio de 2056: la Madonnina aún observa. La plaza del Duomo es una alfombra de palomas calcinadas. Università degli Studi di Milano, Piazza dell’Ateneo Nuovo: un dibujo de Andrea Pazienza y una pintada en latín sobre un muro de cemento.

-¿Encuentras la vena? No escatimes, Antonio, no escatimes. Aún te quedan unas gotas, los dejarás a todos boquiabiertos. ¿Cuánto dices que te pagarán por esto?

A veces, la vida es tan falsa como un mal sueño. Los principales tejidos están dominados por una voluntad embriagadora. La degradación, en sí misma, ya no es una injusticia; forma parte regeneradora del medio ambiente. Hace muchos años que el saber pasó de poder a simple carrera de obstáculos. Los últimos serán los primeros, anunciaron los profetas, pero sin especificar jamás a qué precio.

-No sé. No sé por qué acepté esta conferencia.

-No pierdas más el tiempo. Mañana te espera la gloria: podrás abandonar el vertedero, asomarte al mundo. Volar y esas cosas; ya sabes a qué me refiero.

Es preciso asumir el riesgo; la conexión es tan rápida que, a menudo, estallan las prótesis. Pero las estadísticas indican una progresión imparable de los nuevos hábitos. Atrás quedan las quejas de los más pesimistas, de los ludditas y los ignorantes. Recuerdo a un sociólogo francés que avisó, a finales del siglo XX, de la enorme responsabilidad que el hombre acogía en su seno. Un mundo invivible, avisaba; un exceso de información inaprensible. El viejo velo, decía, como instrumento lúdico y comunicativo; pero también un producto peligroso y suicida. He aquí un mundo sin origen ni final, un entorno sin alteridad posible, un extraño y salvaje mundo. ¿Se estaba adelantando a su tiempo? ¿Se estaba refiriendo a esto?

-¡Mira, mira el atardecer, Marco: apenas si distingo el horizonte!

Sí, hay que estar muy loco para no beneficiarse del progreso. El nuevo mapa secreto se despliega en la oscuridad y miente cuando cierra nuestros ojos: a la sabiduría por la sobredosis, dice el crepúsculo. Ésta es la vida del sabio: un diálogo imposible con alguien que mira por encima del hombro y espera a quedarse solo.

La mejor ventana al conocimiento es una ventana abierta, o eso dicen.

Porque el asesino –dicen- siempre está solo.

Cycladas

Iniciación a la paradoja: me niego a lo más conveniente aferrado con fuerza al orgullo (¿o será, más bien, al cansancio?), me protejo del discurso siguiendo con la mirada un texto maravilloso sobre lo ingenuo y la Naturaleza. Término técnico de Schiller: prometo no seguir por este camino. Ayer estalló el termómetro (no es broma, no es metáfora), y el mercurio se desparramó sobre impresos y muslos jóvenes, dejando en el ambiente un perfume de tortura inquisitorial y de rojo infierno. En Sevilla, Sevillana-Endesa activa, por primera vez en su historia, un plan de emergencia después de los cortes de suministro y de la demanda eléctrica. 6.312 megavatios y 70 técnicos para reparar las averías. Además, Marruecos suministra a la compañía 300 megavatios de electricidad invirtiendo el orden de los factores, alterando el producto. De improviso, arde y regresa el mercurio, el olor de la santa hoguera; salta la banca. La pincelada de humor apenas si nos rescata: un prestigioso ecologista nos habla sobre lo necesario de la energía nuclear; he aquí la solución y la imitación imprevista de la Naturaleza. Centrales nucleares para todos, claro, y a esperar la llegada de las lluvias: entonces vendrán las inundaciones. La pintura de hoy carece de dientes, es trágica como la sabiduría griega, optimista como un niño que despierta. La resistencia electrónica simulatoria me queda tan lejana como la isla de Naxos. Aunque, después de todo, el título de la obra sigue siendo el mismo: duelo a garrotazos, o duelo bajo el sol, o sólo ante el peligro. Tampoco conviene preocuparse demasiado. Estoy esperando la negociación, la función prematura del payaso. Por favor, no me olviden en sus oraciones. Hagan algo.

FUNDAMENTO:

Hay, por fortuna o por desgracia, algo en nuestros días que impide continuar la discusión de este modo estéril y miserable; este algo podría describirse diciendo que ya no es tan seguro como en otros tiempos qué sea la pintura (dónde empieza y dónde termina, cuáles son sus géneros canónicos y sus procedimientos pautados), que ciertamente no hay pintor o artista que hoy no sepa que pintar no consiste, ni ha consistido jamás, en reproducir una realidad supuestamente extrapictórica, hecho que constituye en toda su extensión la crisis de la pintura; y también podría describirse diciendo que ya no es tan seguro como en otros tiempos qué sea la filosofía, en qué se distingue de otros géneros de escritura, cuáles son sus fronteras con la ficción o con la ciencia, qué es en ella lo esencial y qué lo auxiliar o accesorio, y que no hay filósofo que hoy pueda ignorar la crisis de la propia filosofía en este punto.

José Luis Pardo. Preguntándose ¿qué pinta la verdad?

Interiores

Lo habitual, desde un principio, a pesar de los múltiples consejos y del esfuerzo decidido de los viejos maestros, ha sido la carga y la constancia de la ausencia, el equipaje provisional y espontáneo al borde siempre de la desaparición, el jardín de los senderos que se bifurcan equivocados y con pésimo gusto, con desarrollo algo confuso y final desesperado, mal asimilado. Por eso la palabra sistema (descartada en principio por culpa de las lecturas precipitadas) cobra ahora un valor sorprendente, casi inesperado. El aprendiz deberá aceptar un sucedáneo de método si no quiere verse abocado al fracaso; deberá tomar notas y permanecer atento a la estructura incipiente de su pensamiento, a la habitabilidad escasa de cierta arquitectura.

A parte de la conversación, la principal utilidad de este cuaderno depende ahora de una dedicación polivalente y una mecánica constante. Son elementos de una física que quiere tratar abiertamente con la realidad pero nunca lo consigue. Algo impide la opinión concreta, el compromiso y la cercanía; el dialogo se precipita invariablemente por escombreras inermes, sin otra solución de continuidad que un pacto puntual con el diablo. Otros, mientras tanto, prefieren hablar más claro para ser entendidos, en un lenguaje útil, económico y científico; el aprendiz, en cambio, habla para sí mismo, sujeto a sí mismo, observándose a sí mismo. Pero nada ni nadie puede negarle su necesidad y su derecho al entendimiento, a la comprensión transparente de sí mismo. Aunque esto le impida a menudo el reconocimiento de cualquier futuro posible; aunque esto le niegue habitualmente la posibilidad de ser entendido.

Al fin y al cabo, por diferentes caminos (caminos y senderos que se bifurcan) puede llegarse a la misma y definitiva resolución. Antes y después de la comisión de investigación, y dejando al lado el dolor de las victimas y las futuras revelaciones, una sentencia marca con fuerza el territorio de tránsito: el negocio –dice- es el negocio. Y aplicada la sentencia a conflictos tan cercanos, no se entiende bien que no pueda aplicarse allí donde el oro negro riega los campos de secano, los duros desiertos fronterizos, las tierras de la civilización antigua. O allí donde las sardinas cruzan las rías o la tramontana despeina a los artistas. ¿Por qué los hombres allí, educados en el mismo juego, tendrían que comportarse de manera diferente? En Bilbao, Washington, Riad o Moscú ¿es otro el guión del espectáculo?

¡Claro que juegan con nuestro odio! El profesional domina un oficio que el outsider apenas roza con sus dedos; pero la interpretación de la realidad está abierta a todos porque todos sufrimos su terca repetición y su eficacia obsesiva. Cuando oímos hablar a alguien en el despacho de al lado, cuando acertamos a escuchar sus palabras, estamos asistiendo, una vez más, a la representación de una mentira. El nivel de poder, en este caso, es mínimo. ¿Se imaginan ustedes el nivel de mentira que se corresponde exactamente a un aumento del nivel de poder? ¿Se imaginan, acaso, las conversaciones generadas en las alturas, el lenguaje formativo de las decisiones, de su prolongación en los medios de comunicación? El Mercado nos acoge en su seno y mece la cuna con mano nihilista. ¿Qué método o sistema permitirá escapar de esta cercanía, de esta terrible repetición que se repite aquí hasta la extenuación?

Escribe Peter Sloterdijk (primera anotación del método):

Hay que distinguir el pesimismo metodológico del pesimismo existencial. El pesimismo metodológico se impone porque pensar en lo peor es la base misma del análisis. Pero el oficio de profesor consiste en pensar en lo peor llevando una vida feliz. Yo he ensayado mucho, como personaje psicológico que soy, para estar tan desesperado como las teorías que conservaba de los maestros de nuestra generación... Me han hecho falta veinte años para descubrir que soy capaz de meditar sobre lo peor adoptando una actitud existencial orientada a la felicidad. Pues el deber del hombre es ser feliz. Si se quiere escapar de la trampa del resentimiento, hay que desear la felicidad.

Aunque, a pesar de todo, la voluntad invite a esa actitud que reconoce este mundo a distancia legítima de otros mundos (ahí queda la contradicción), más allá de la visión victimista de la realidad, más allá del sentido cristiano o marxista del concepto anticomercio, de ese "pecado" que algunos denominan desigualdad de rentas, siempre queda la propia e intransferible experiencia. Y, descartado por nocivo el resentimiento, la experiencia (el aprendiz) se apoyará en imágenes a la espera de tiempos mejores (segunda anotación del método), cerrando un círculo vicioso de transformación intacta, necesaria, personal e incomprensible, una locura de despropósitos sin trayectoria definida pero de un optimismo libertario.

A propósito de las teorías estéticas de Charles Baudelaire (Baudelaire y el artista de la vida moderna) escribe Félix de Azúa:

El resumen de sus teorías es, por otra parte, esta frase del Salon de 1846: "El mejor comentario de una pintura bien podría ser un soneto o una elegía", opinión que hace saltar por los aires el castillo teórico, que propone con toda sencillez una especie de producción continuada, y el silencio sobre lo improductivo.

Anotaciones al margen que el aprendiz hace suyas como herramientas calientes. Ahora sólo queda desliar este lío y seguir trabajando. El aprendiz ahora cree en él mismo, sólo en él mismo. A pesar de todo.

Museo

Museo

Turbine Hall, instalación de Olafur Eliasson.

Alrededor del sol arden los voluntarios. El Comisario de la Exposición, un joven empresario incapacitado para los negocios, ha dispuesto simultáneamente cuatro salas contiguas, ambientadas con elementos decorativos procedentes de diferentes etapas históricas, y obras de arte donadas generosamente por los más prestigiosos coleccionistas de los cinco continentes. En la primera sala, denominada acertadamente "Sala nº 1", dos desconocidos conversan animosamente sobre la realidad, ignorando ambos, entre otras cuestiones, que son tan sólo personajes de ficción y que el banco en el que están sentados no es precisamente un banco, un simple banco de madera, sino una tormenta universal de llamas y rayos cósmicos. Mientras el público aplaude, nadie protesta; pero a veces, coincidiendo con los primeros desfallecimientos, los visitantes japoneses se amotinan y es necesaria la presencia de Protección Civil, que procede al cierre de la Sala y a la expulsión de los amotinados. En la "Sala nº 2", dedicada a la prostitución, yo mismo corro desnudo y agitado, armado con yelmo y sable justiciero, cortando cabezas de amapola y gemelas turcas. La "Sala nº 3" y la "Sala nº 4" permanecen cerradas por obras; los obreros de la construcción desconocen la importancia de Roy Lichtenstein en la historia del Pop Art, pero se saben en cambio una de Porrina que quita el hipo. Aunque no es Navidad en el Corte Inglés todo se andará, nadie lo pone en duda; nada ha cambiado porque la televisión sigue siendo la misma, los documentales de la 2 siguen siendo los mismos. Algunos, sin embargo, metabolizamos la grasa adelgazando como perros; otros, por su parte, iluminan la Nave Central resplandeciendo como Dioses. Los japoneses, finalmente, se han resignado y, muy a su pesar, serán extraditados; un obrero de Linares ha perdido el conocimiento y espera su momento, cautivo y desarmado. Alrededor del sol (ahora que nadie mira) arden los voluntarios. Los muertos, mientras tanto, se divierten contando chistes de esquimales.

Modelo para armar

Hago verdaderos esfuerzos. Ansiolíticos y antidepresivos por el precio de un paraíso adulterado, artificial y adulterado. La comisión de investigación y los correspondientes análisis de sangre; la biblioteca 11 de septiembre y el aire caliente y oxidado. Anulado por completo, en pleno proceso de deslocalización laboral (y me temo que mental), parece que hubiera olvidado las virtudes terapéuticas de la escritura, la bondad del espejo caritativo que me cuenta lo que yo mismo cuento. Me duele el pecho y no es ninguna metáfora; me aburro y yo no soy, ni mucho menos, un viejo poeta moderno. La lectura, por otra parte, se me escapa por un agujero de la cabeza; nada ni nadie quedan, aunque los renglones pasan como pasan las estaciones, con la velocidad de lo inevitable. No obstante, agradezco las interpretaciones diferentes, los golpes de atención y las llamadas de la inteligencia. Porque yo también soy culpable, al menos en parte. Y en el orden tenebroso de la selva, en el corazón de las tinieblas cotidianas, busco notas seductoras y optimistas en defensa del futuro.

Antonio Escohotado, en Negaciones Metafóricas:

Sé de muchos, en cambio, a quienes compensa la vida tal cual es, lindante siempre con la intemperie y la precariedad, pues la naturaleza humana sólo es ingeniosa cuando aprende a gozar las incertidumbres de su libertad.

Y esta otra, de Peter Sloterdijk, para alumbrar definitivamente el cuaderno y afrontar, cara a cara, el alma del proceso:

Sí, Nietzsche es precisamente el partisano, el profeta de esa riqueza sin mala conciencia a condición, claro está, de no adherir a una concepción estúpida de la riqueza. Sin amor por la riqueza uno se queda siempre en la política del resentimiento.

Tomo notas: hago verdaderos esfuerzos. No sé muy bien a cuento de qué, pero no me quedan fuerzas para ninguna certeza.

Abstención

Abstención

Edward Hopper, Approaching a City, 1946.

Aproximarse a la ciudad es entenderlo todo. Alguien está jugando conmigo en un despacho y yo no puedo evitarlo. Hace un tiempo, estas cosas aún estaban en mis manos; pero ahora no, ahora no hay remedio. Atravieso el túnel, la frontera de penumbra, y franqueo una perturbación y una superestructura. Hoy he olvidado lavarme el pelo y mis cabellos parecen haber sufrido una descarga eléctrica. Tampoco me he afeitado; menos mal que siempre permanezco oculto, que puedo permanecer detrás del mostrador ignorando al público. Cada día que pasa tengo el estómago más delicado; todo me sienta mal, en esto tampoco hay remedio. Aunque quizá cuando lleguen las vacaciones pueda poner algo de orden en mis hábitos. Lo primero: desocupar la parte del cerebro más propensa a la vida poética, ¡qué se yo! Rimbaud fue un tipo excepcional, no cabe duda; qué pena que, al final, se quedara sin una pierna. Baudelaire contrajo una sífilis y disfrutó mientras pudo de su novia mulata. (Por cierto, ahora que recuerdo: tengo que devolver los videos porno). Leopoldo Mª Panero, recluido en el psiquiátrico de Las Palmas, es el tipo más cuerdo que conozco; cada vez que abre la boca inventa un planeta. Hoy me quedo con sus gustos musicales: Los Chichos, Alban Berg y Stockhausen. Además, dudo mucho que sepa dónde está Europa y nunca ha tenido la necesidad de escribir un diario. Tengo que recordarle a mi mujer que tenemos pendiente la limpieza dental, que para algo pagamos el seguro del dentista. Ahora mismo; ya llegamos. El día se presenta verdaderamente interesante. ¿A cuánto estará hoy el barril de petróleo? ¿Qué temperatura alcanzará el horno crematorio? Veamos; voy a comprar el periódico. Tengo que tomármelo con mucha calma.

¡Anda, está tarde toca República Checa-Letonia! Tengo que tomármelo con mucha calma: nada de exageraciones.

Ver, oír, y callar.

La locura, los lunes.

Tiempos de juego y engaño

Tiempos de juego y engaño

Santiago Carbonell, Tiempos de juego y engaño, 1996, Óleo sobre lino.

A pesar de la ausencia del espejo podemos indicar, aun a riesgo de equivocarnos, que se está llevando a cabo cierta posibilidad de duplicación. Al menos en el gesto: ese brazo estirado que se apoya en un cuerpo o que intenta apoyarse en un cuerpo que se escapa, o parece que se escapa. Universos engendrados, universos paralelos; universos múltiples engendrados por otros universos. Existirían infinitos universos (o eso al menos señalan las teorías cosmológicas modernas), por lo que cabe añadir que en esa disposición infinita alguno de ellos sería idéntico a su doble; o casi idéntico, como en esta pintura. Pero eso el autor no lo sabe (o al menos yo sospecho que no lo sabe), porque cuando habla de su pintura está hablando de la realidad de todos los días, al menos de la que él supone, al menos de la realidad que cree ver y que intenta representar en su trabajo.

Mi relación con la realidad –afirma Carbonell- es de observación precisa, de compartir, de ir buscando luces, sombras. Mi pintura es muy pictórica... Mi forma de trabajar parte de observar la realidad como prima fuente, esta realidad me impacta, me seduce, me gusta y se me queda grabada. Empiezo a pintar partiendo de las ideas, de modelos, de cosas que se van sugiriendo, mancho el cuadro y a partir de la mancha del cuadro es como voy construyendo la pintura. En la primera concepción del cuadro parto de la realidad, en lo demás parto de la misma pintura, es ella la que me ordena por dónde debo de ir caminando....

Santiago Carbonell quiere pintar la realidad (aunque de esto tampoco estoy demasiado seguro) y no le sale, porque la realidad es completamente distinta a como la pinta Carbonell. Y es por ello que el resultado final es completamente distinto de esa realidad, es por ello que, a partir de determinado momento, inevitablemente, es la propia pintura la que templa, la que ordena y la que manda. Los cuerpos que aparecen en las pinturas de Carbonell son cuerpos irreales, muy cercanos a la Idea de "cuerpo" pero tremendamente alejados del cuerpo común de los mortales. Es lo que viene a afirmar, con otras palabras, el filósofo mexicano Jorge Juanes al hablarnos del trabajo de Carbonell:

Lo que se pierde en verosimilitud respecto a la realidad dada que sirve de punto de partida, se gana en fidelidad a la realidad pictórica.

Mi mujer está mucho más gorda, concluirá algún inconsciente, y es que, aunque no se trata de representar la realidad como lo hace siempre Botero, si que parece aconsejable en cambio canjear verosimilitud por verdad, apariencia por materia. Al menos, en algunas ocasiones; cuando vamos al dentista, por ejemplo. Tampoco estoy de acuerdo con Jorge Juanes cuando afirma que la pintura de Carbonell tiene mucho de nostalgia preindustrial, como de reencuentro con las cosas primordiales que hoy quisieran ser olvidadas. Yo creo (y que me perdonen los especialistas) que estamos más bien ante una imagen postindustrial de cuerpos y gestos "danone", la mayoría de ellos observables únicamente en el espacio de la publicidad o de la imagen dramática televisiva. En la realidad, la gente no se comporta como en los cuadros de Carbonell, y mucho menos como en los anuncios publicitarios. La gente de la calle ni ama ni gravita, más bien suda, y se equivoca y se cabrea. También tiene la extraña sensación (la gente de la calle) de estar viviendo en tiempos de juego y engaño, porque cada vez que plantea una pregunta al poder político, al poder económico o al poder mediático, siempre le salen con medias verdades, o con medias mentiras, o lo que es mucho peor: le salen con la existencia de temibles y peligrosas "tramas negras". Con lo que llego a la conclusión definitiva (y que me perdone Carbonell si un día llega a leer esto: se trata tan sólo de un juego y de un engaño) que lo me que más me gusta de esta pintura es su título, porque en el fondo señala el espíritu de una época. Una época, la nuestra, que quizás comienza con los afanes expansionistas de Napoleón (por poner un ejemplo; podrían ponerse muchos otros) y que alcanza su cumbre artística en la charlatanería utilitarista de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, siendo muy difícil determinar si continuará por este camino o decidirá, finalmente, diluirse en el abismo. Una época en la que la realidad no es un cuerpo desnudo que se estira perezoso, sino una ensalada de quarks, leptones y electrones revueltos en colisión permanente. La "partícula divina" (el bosón de Higgs) aún no ha sido encontrada pero, una vez localizada, no duden en abandonar la pintura. Para entonces ya no será necesaria.

Melancolía

Ante la inminencia del impacto, a pesar de que los ojos simulan, muchas veces, como en todas las versiones anteriores del engaño, un colchón de seguridad inexistente, me limito a conservar la calma, vencido y aburrido, a contar las décimas que faltan para acceder a la certeza, a esperar la llegada más sensible de lo que deja marca, sumiso e irritado, justo en el punto exacto. La realidad, dicen algunos. La única virtud posible, me digo, lejos del rompeolas, asomado a la pantalla de los especialistas, es la experiencia, la repetición incansable y duradera de la prueba. Esto es: la melancolía española.

Aunque tal vez la santa de Ávila reconoció en su vida anterior los síntomas de la melancolía, recomendó decididamente que en los monasterios no fuesen admitidas mujeres presas de esta dolencia. Pero con frecuencia la melancolía hacía su aparición entre las monjas, lo que ocasionaba grandes trastornos. Para no caer en los ardides del demonio, santa Teresa decía que era menester doblegar a las melancólicas con el temor, pues el delirio de una sola monja podía inquietar a todo el monasterio: "Si no bastaren palabras, sean castigos: si no bastaren pequeños, sean grandes; si no bastare un mes de tenerlas encarceladas, sean cuatro, que no pueden hacer mayor bien a sus almas”.

Roger Bartra. Melancolía y cultura. Notas sobre enfermedad, misticismo, cortesía y demonología en la España del Siglo de Oro. Melancolía española.

Aunque, a veces, a pesar del castigo, la melancolía no cede, más bien al contrario. Ahora, retorcida en el recuerdo de Normandía, la nuestra, la de nuestros mayores, la que cuenta, más o menos así, Eduardo Pons Prades:

El 24 de agosto de 1944; a las 21.22 horas, llegaban a la plaza del Ayuntamiento de París varios half-track (autos oruga blindados) y un tanque Sherman (el Romilly), que constituían la vanguardia de los ejércitos aliados. Los primeros llevaban, en el morro y en sus flancos, nombres memorables de la guerra de España: Madrid, Jarama, Ebro, Teruel, Guernica, Belchite, Guadalajara, Brunete y Don Quijote. Eran las dotaciones de la 1.., 2.. y 3.. secciones de la famosa IX Compañía (incluso los franceses la llamaban la Nueve), del Regimiento del Chad. Las mandaban el zaragozano Martín Bernal, el madrileño Federico Moreno y el andaluz Montoya, secundados por el catalán Elías (herido en las calles de París por un francotirador), el canario Campos y el valenciano Domínguez. Con el resto de las dotaciones, un total de 36 ex soldados del ejército republicano español. Los cuatro tripulantes franceses del Romilly completaban el destacamento, que, con toda justicia, llamaron los liberadores de París.

Mientras aclaramos las diferentes definiciones del término (¿tristeza?, ¿odio?, ¿desdén?) vuelvo a leer, esta vez en el papel, la historia de Manuel Fernández, guardia de asalto de la República durante la Guerra Civil española, primero derrotado, luego desarmado e internado en un campo de concentración francés, luego enrolado en la Legión Extranjera como arreglo surrealista a su terrible dolor de muelas; más tarde combatiente en Noruega contra los nazis, de nuevo derrotado defendiendo a Francia en 1940, desarmado e internado en un campo de refugiados inglés, reenganchado a las órdenes del Ejército británico, de nuevo en Francia y en la campaña de Bélgica, miembro de la Spanish Company number one, de la compañía llamada por los franceses "La Nueve", a las puertas de París bajo el mando del general Leclerc, entrando finalmente en París el 24 de agosto de 1944. A sus 88 años, rodeado de condecoraciones en un pueblecito de las Ardenas, ¿será este hombre un personaje melancólico? ¿Qué opinará Manuel de la melancolía española?

Apenas el castigo cesa, cede la melancolía. ¿O era al revés? Manuel Fernández, natural de Esfiliana, provincia de Granada, tuvo una vida de soldado, pero yo lo imagino poeta; me gusta pensar que sus ojos guardan, cerrados ante la inminencia del impacto, toda la fuerza que la realidad relata. Cuesta demasiado acceder a la certeza; al cabo de un rato de observarlo el mundo nos pone melancólicos. Pasan los hombres, pero la prueba continúa. ¿Manía de soldados y poetas? En un mundo sin melancolía, escribió Emil Ciorán, los ruiseñores se pondrían a eructar.

Siesta

(Jornada tras jornada,
forja y mimbre;
calada tras calada
-lo inefable- del universo templo.
A veces en tus manos
la piel desordenada del silencio;
la sed del escorpión, amor,
que con amor da vida, indescriptible,
a los desiertos.)

Estoy en otra cosa: vuelvo enseguida.

FUNDAMENTO:

Lago de los Sueños. Único lago del mundo donde uno puede recibir, mientras pesca, un curso general sobre el segundo principio de termodinámica aplicado a la biología.

En el Lago de los Sueños el viajero puede deducir fácilmente, por ejemplo, que los bovinos son animales atómicos que funcionan igual que las plantas generadoras de energía nuclear de alto rendimiento: sus únicos desechos son abono y la energía que emplean proviene indirectamente del sol a través de las plantas que comen. O bien, maravillado ante el ingenio de la naturaleza, conjurar a las nubes para que asuman formas fantásticas de dinosaurios, gliptodontes y pterosaurios retozando en el cielo.

Para llegar al Lago de los Sueños el viajero debe entrar al hospital que más le guste y sentarse en uno de los sillones de la sala de espera. Allí, con una jeringa muy especial, se procede a inyectarlo dentro de su propio cuerpo. El viajero llega entonces a su corriente sanguínea a bordo de un eritrocito o corpúsculo rojo. Arrojado por la fuerza de la corriente a una playa de músculos, se encontrará con sabios como el padre Mendel Morganstern, cuya inteligencia y conocimientos tienen su origen en la fusión de las cualidades respectivas de los señores Morgan y Mendel, pioneros de la biología y la genética, y del señor Morgenstern, padre de las teorías del azar. Estos profesores presentarán al viajero a doña Enzima, alias señorita Polimerasa ADN (ácido desoxirribonucleico), encargada de las duplicaciones del código genético, una mujer joven vestida al estilo oriental. Mientras se dividen las células, ella tiene delante unas tablillas de arcilla vidriada con las que trata de construir palabras de tres letras recurriendo a todas las combinaciones posibles de un alfabeto de cuatro letras. Si está dispuesto a escucharla, el viajero recibirá la explicación más completa acerca de las matemáticas combinatorias de los genes.

Sin salir del interior de su propio cuerpo, el viajero trepará por los peldaños de la escala del ADN. Al final de ella, verá a un hombre corpulento –inglés a ojos vistas- que lleva una americana estilo blazer con el escudo de la Universidad de Cambridge, y a otra persona bastante desaliñada –indudablemente un americano- calzado con zapatillas de tenis sin cordones. Ambos son biólogos y guiarán al viajero hasta la “doble hélice”. El núcleo de una célula, al igual que sus compartimentos citoplásmicos, puede también ser visitado recurriendo a una pitón gigantesca, llamada “mensajero ADN”, que viaja con movimientos brownianos debido a la agitación molecular de las partículas coloidales en un medio homogéneo de baja densidad.

Explicar cómo el viajero regresa desde las capas más profundas del interior de su cuerpo resulta difícil, pero todavía lo es más hacer lo propio con la presencia allí de personas famosas, como Darwin, por ejemplo, que hará todo lo posible por hacerle saber que recibe ejemplares de algunas revistas científicas modernas, como La Recherche, Scientific American y Les Échos de la Mode. En todo caso, es bien sabido que todos los viajeros que emprendieron ese viaje han regresado sanos y salvos al mundo exterior de ellos mismos.

El viajero también puede visitar otras regiones. Sirviéndose de un ordenador, puede viajar al País que no se ve más que con el ojo de la mente. Transformándose en información codificada, podrá participar en el análisis de las moléculas según el principio de difracción de los rayos X. Conocerá entonces a los habitantes de Planilandia, con quienes podrá intercambiar sus impresiones sobre los universos de dos dimensiones.

George Gamow, Mr. Tompkins inside Himself, Adventures in the New Biology, Nueva York, 1967.

Amigos

Amigos

En muy poco tiempo, y en una par de ocasiones, he chocado contra la misma cita; esa cita de Jules Renard que dice que no hay amigos, que sólo hay momentos de amistad. La utilizaba Arcadi Espada, aquí en la Red, en la revista electrónica Ojos de papel, en una entrevista concedida a Justo Serna. (Con independencia de los recurrentes ataques de soledad –añadía Espada- pienso que cuando se levante un enemigo, en el mismo momento, y al otro extremo, surge un amigo); después se lo leí a Luis Antonio de Villena, en el suplemento Babelia del pasado sábado. Momentos de amistad. Si lo pienso, la cita resulta bastante acertada. Porque yo puedo decir que he vivido intensas batallas de vida con muchos a los que, en algún momento, he considerado mis amigos; pero también es cierto que, ahora, cuando a veces más lo necesito, los observo incomprensiblemente lejos. Será así la vida.

Anoche, cuando escribía estas líneas, estaba recordando a un buen amigo, o mejor a alguien con quien compartí determinados momentos de amistad. En aquella época todas las cosas parecían descubrimientos. Siempre hay una primera vez para todo, también para la amistad. Una primera vez para conspirar la revolución camuflados entre los muros de una iglesia; una primera vez para escapar sin pagar de un bar, disfrutando de la adrenalina. También hay tiempo para perder oportunamente la inocencia; después de los descubrimientos siempre llegan los desengaños. Será así la vida.

Cristóbal llegó al Instituto con cara de pocos amigos. La leyenda contaba que había sido expulsado del Ramiro y los profesores aconsejaban evitar su compañía. Pero uno se equivoca si no aprovecha a tiempo la influencia de las malas compañías; ellas controlan el oro, lo prohibido, la Razón de los piratas. Y aquella, sin duda, era de las peores compañías jamás imaginada; todos los juegos reunidos del mal dispuestos para mí, en una sola caja. Lo demás, que es mucho, es ya historia. Todo lo que viene se va y un día, junto al río como siempre, los caminos se partieron. No nos dijimos ni adiós; no hacía falta. Sabíamos con total seguridad que nunca más volveríamos a vernos.

Todavía recuerdo aquella camiseta de Estudiantes que me prestó en una ocasión camino de los vestuarios. Y es que, me van a disculpar, pero yo tengo mis propias debilidades. Por primera vez en su historia Estudiantes se ha clasificado para jugar la final de la ACB de baloncesto: anoche, en la Plaza de la República Argentina saltaban, delfines, los dementes. Cosas tan elementales y tan sencillas como la vida que pasa.

Va por ti, amigo Cristóbal, donde quiera que estés. Será así la vida: el oro, lo prohibido, la Razón de los piratas.

Amigos. Momentos de amistad.

Si no lo cuento, reviento.

FUNDAMENTO:

Tau 84 – Estudiantes 97

Lo dicho: si no lo cuento, reviento.

Colapso

Colapso

El grito de Tarzán fue una combinación de diversas grabaciones y efectos electrónicos. Johnny Weissmuller se limitaba a abrir la boca en play-back, aunque terminaría aprendiendo a imitar su propio grito y a doblarse a sí mismo algunos años después. Al final de su vida, poco antes de morir en México, ofrecía lamentables exhibiciones estentóreas de su famoso grito, incluso cuando le entrevistaban los periodistas. También aterrorizaba a las enfermeras del hospital donde lo recluyeron aullando sin control alguno.

FUNDAMENTO:

A falta de otros, pueda aquí la escritura tener valores curativos sin enfangarse en el sentido, tan común, ni en la cursilería hasta las cejas. O que se limite a reflejar, tal cual, eso que acaba de decirme, al pasar, una portera asturiana: “No, este año, aquí, mucho no llovió”.

José Miguel Ullán.

Aullando en el desierto.